Los Nakanoke


La historia de nuestras salsas es algo inesperada y bastante divertida, por ser la historia de un abuelo japonés quien, cuando era joven, salió de Japón en busca de trabajo y llegó hasta México en 1930, un país tan ajeno a su cultura en aquel entonces que su madre no sabía dónde era. Al principio vivía en La Merced, donde conoció a una mexicana que tenía un puesto de fruta (y se convirtió en la abuela de esta historia). Nadie sabe muy bien cómo se entendían, porque él no hablaba español y ella no hablaba japonés. Al parecer, como tantas veces, todo se resolvió con comida… Una cosa llevó a la otra y, eventualmente, el abuelo japonés y la abuela mexicana inventaron el famoso cacahuate japonés.

En la mesa de casa de sus abuelos había desde arroz japonés con chile verde hasta alcachofas empanizadas. Creció rodeado de comida, probando todo tipo de combinaciones picantes en recetas japonesas. Su infancia es mezcla: de culturas, sabores, ideas y creatividad: sustituir el jengibre con rábano, usar jamaica en vez de shiso, poner chipotle en el udon. La inspiración se saboreaba en cada platillo; mitad inventado, mitad original.

Así, Eduardo Nakatani se dio cuenta de que le gustaba cocinar. Probando, experimentando, inventando nuevos sabores a partir del conocimiento heredado. Con una trayectoria como chef bastante diversa e internacional que incluso lo llevó a trabajar con Mónica Patiño en el área de investigación gastronómica, finalmente se enfocó en la comida asiática y se puso a jugar con los ingredientes, lo que resultó en inventor de salsas; les daba forma y las reinventaba hasta obtener un producto redondo. Con mucha personalidad. Tan sabroso como los sabores que recordaba y con el sello mexicano-japonés impreso en ellas. Porque si no se habían dado cuenta ya, estas dos gastronomías combinan re-bien.

Ya sólo quedaba presentar las salsas al mundo, y nada mejor que una diseñadora gráfica como socia. Silvia Pineda se encarga de dar a las salsas una envoltura que comunique todo este mensaje. Ella tenía claro que tenían que sobresalir entre todas las salsas que ya tenemos en México, y anunciar que éstas son diferentes. Su diseño destaca en un anaquel. Grita: aquí estoy, cómeme. Como sus sabores, su envoltura tiene ondita, y te invita a elegirla, abrirla y echársela todo. Producto y empaque embonan y hablan el mismo idioma, que es mexicano, pero con el acento del que viaja y quiere probar más, salirse del huacal, comer más rico.

Y cuando un producto es distinto, da de qué hablar, incluso es seleccionado entre los 50 mejores productos del New York Magazine, lo que deja claro que no son salsas mexicanas para mexicanos, sino combinaciones que deleitan diversos paladares y combinan con múltiples tipos de cocina o platillos.

Hasta ahora ofrecen cinco experiencias gastronómicas, con mucho funky (como dictan sus ingredientes) a través de estos cuatro sabores: kinki habanero, chipotle hot & sour, morita acidita, umami clásica y umami negra con camarón.

A pesar de ser salsas, son un producto nuevo, distinto, que ofrece algo de sorpresa y emoción. Es la historia del recuerdo de un abuelo japonés y una abuela criolla, que trata sobre lo increíble de experimentar en la cocina, y termina con un rotundo éxito de sabor a México.